Voy a pintarte una amapola,
roja.
Sorprendentemente frágil,
inexplicable,
un fuego sin incendio,
que amanezca,
impertérrita, en su esencia...
Será la primera primavera
de cada estación,
colgada, fogosa,
en el salón.
Ésta sí, dejará tocar su textura oleaginosa,
de lienzo fresco,
y traerá al mar de las olas de tus neuronas,
aquel arpa de hierba que soñamos,
tintada al viento,
donde descansa
la amapola perfecta.
Qué tristeza que no huela...
a flor,
¿verdad?
Y es que, ciertamente,
las amapolas
nunca fueron rosas.
...ni olieron fragantes,
verdaderas,
silvestres,
en sedas,
espinosas,
ni la yema de los dedos se reconoció en ellas...
Rosas siempre primeras,
sutil tacto y aroma
del amor elegido,
del misterio
que toma camino
y se va abriendo,
con tiempo,
pétalo a pétalo,...
¿Ser rosa..,
o ser amapola...?
(C) Mon Gómez, 2026

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